Lo auténtico es lo normal

Crecí en una sociedad católica y conservadora. Rodeada de compañeros en su mayoría de ideas fijas y prejuicios preinstalados por generaciones anteriores. Creí que pensaba igual, que me impresionaba lo mismo que a ellos, hasta que me di cuenta que no.

Con el paso de los años fui encontrando mi identidad y descubriendo diversos puntos de vista. Al salir de mi burbuja, a viajar o para estudiar en el extranjero, logre crecer en lo personal. En mí hubo una evidente evolución, cada afirmación o negación que otorgaba a cuestionamientos de mi crianza sentía como si un nervio dentro de mi cabeza se fuera perforando con pequeños hoyos causando estallidos en mi cerebro.

Me conecté con el ser humano que soy y abandoné las expectativas que yo misma me impuse respecto a lo que tenía que ser, hacer o pensar. En general, no estaba tan alejada de los valores y la moral que me enseñaron mis papás, sin embargo comencé a apreciar otras ideas y enfoques.

En cuanto a la religión, llegué a una conclusión un poco drástica, pero a mis casi 35 años esto es lo que predomina en mi circulo de confianza. Crees en Dios, en la sabiduría de Star Wars o en ti mismo. Esta última acompañada de la bondad del universo.

A mis hijos, sin afán de confundirlos, les enseñamos un poco de los tres. Pero con lo que más les enseño, es como me enseñaron a mí, con el ejemplo.

Las necesidades morales de nuestra generación son distintas a las que tuvieron nuestros padres y las que nuestros hijos tienen son distintas también a las que vivimos en nuestra infancia. Hay más igualdad entre hombres y mujeres, pero aún no compartimos todos los derechos, hay más apertura en temas de sexualidad, pero todavía no más aceptación.

Es por eso que la empatía y la tolerancia están muy arriba en mi escala de valores personales y son los que busco transmitir a mis hijos. Si una persona piensa o vive diferente a nosotros no es una persona rara o complicada. Simplemente es una persona diferente a ti, y de eso esta hecha la vida. Variety is the spice of life. Un equipo de trabajo o grupo de amistades compuesto de gente con diversas ideologías son los más enriquecedores porque todos de alguna manera aportan para hacernos mejores. Inculcando esto, además fomentamos que si nuestros hijos tienen ideas distintas a las nuestras cuando vayan convirtiéndose en adultos, sabrán que como sus papás los escucharemos y respetaremos.

Otro punto en el que buscamos predicar con el ejemplo en mi familia es en que el valor de una persona es el mismo, siempre. Sin importar si eres mujer o eres hombre, tu calidad económica, color de piel, idiosincrasia, preferencias etc. A pesar de las diferencias que tengamos nuestra valía es igual y por ende debemos honrarnos y apreciarnos por igual. Si desde que son niños enfatizamos en esto estaremos plantando semillas en sus corazones de aceptación, pero sobre todo, de caridad y compasión, semillas que en el interior de muchos germinarán y darán frutos en una sociedad que desesperadamente lo necesita.

Hablar con nuestros hijos de situaciones actuales con naturalidad, es un tema que a todos los amigos papás con los que platico nos da cierta incomodidad. Tal vez unos piensan que algo no es normal, y lo entiendo. Ya nosotros tenemos creencias y paradigmas bien establecidos, pero no quiere decir que algunos temas no sean una realidad y que esa realidad a los demás no les afecte.

Hace unos meses platicaba con una persona muy querida. Orgullosa me decía, “Yo claro que les enseño a mis hijos que hay de todo tipo de personas, pero que lo normal es que se casen hombres con mujeres, como su papá y yo”. Yo con mucha delicadeza le expliqué que, en mi opinión, eso es parte de un problema, no solo en casa, si no en la sociedad. El creer que aceptamos, pero realmente no lo hacemos. Si nosotros les decimos a nuestros hijos que esta mal y no es natural enamorarse de una persona del mismo sexo, si alguno de ellos es homosexual o transexual, sus primeras inquietudes serían:¿Entonces por qué no soy normal? ¿Por qué eso que siento está mal? No voy a aceptarlo. Lo tengo que reprimir.

Lo normal, para mí, es lo auténtico. Es lo que cada persona es, siente y piensa, eso es lo normal.

Lo mejor sería que como padres de familia, podamos demostrarles a nuestros hijos que los queremos, incondicionalmente. A pesar de que nos enojemos con ellos, que no pensemos igual que ellos, que no tengan las calificaciones que esperamos o los hobbies y profesiones que deseamos. Si tan solo ellos saben que los queremos por encima de todo, serán más abiertos con nosotros, honestos y dispuestos a expresarse, estaremos más conectados con ellos en la pre-adolescencia, adolescencia y siempre.

Un recurso que me ha servido para que mis hijos absorban una enseñanza es a través de cuentos, simplemente les platico de algo que me ha pasado o que he leído. De esta manera, comparan sus historias personales con las que han sucedido a otros también y se sienten acompañados en ese camino.

Esto último me recuerda a una anécdota de hace ya algunos años. Cuando un amigo de Alejandro, mi esposo, le preguntó “¿Cómo puedes leer tanto? ¿Por qué lo disfrutas mucho?” Este amigo es un excelente arquitecto, una persona sumamente creativa, “Me distraigo rápidamente cuando empiezo a leer”, le decía él, para aclarar el motivo de su pregunta. Alejandro le contestó: “Siempre me ha gustado. Es como tener una conversación contigo mismo. Te contestas a ti mismo sobre problemáticas que están teniendo los personajes del libro y así te conoces más a fondo. ¿Qué opino de este tema? ¿Cómo reaccionaría yo ante esta situación?”

Y así como la lectura propicia estos resultados, nosotros debemos de ser así con nuestros hijos; tratar de no imponerles deducciones si no más bien intentar guiarlos a que ellos lleguen a sus propias conclusiones. Es muy difícil, lo sé. Pero mientras más pronto lo hagamos en su desarrollo, les estaremos ayudando a saber quiénes son realmente, y ese es un regalo inigualable.

Nuestra voz como papás se convierte en la consciencia de nuestros hijos. Entendamos la magnitud de esta responsabilidad de enseñarles a nuestros hijos con gran cautela lo que pensamos porque el mundo necesita urgentemente seres humanos más empáticos, más comprometidos y más consientes de la dignidad humana.


 

Brené Brown (@brenebrown) Researcher y Storyteller, como ella se describe, es una mujer a quién admiro y sigo. La escuché hace poco en un podcast de Dax Shepard: Armchair Expert: Live From Austin. Hablaba de por qué iba con frecuencia a la iglesia y me identifiqué mucho con esta frase:

“I want to go somewhere in my life, to experience collective joy and to believe there’s something greater and bigger that brings us together, and for me that is God…and I want to share that with people. I don’t need a congregation or some kind of convention of people to call together a meeting to see if we should ordain gay, lesbian, transgender, queer people, I don’t need to talk about that. If we are not fighting for that, then you are not on God’s side.”

*El 16 de noviembre fue instituido por la ONU como el Día Internacional de la Tolerancia. Una de tantas medidas de la Organización de las Naciones Unidas en la lucha contra la intolerancia y a favor de la aceptación de la diversidad cultural.

 

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Se cierra la fabrica

En mi vida solo habia tenido 2 panic attacks (o algo parecido).

El primero fue en el 2010 cuando en un viaje a puerto Vallarta con mis amigas estaba leyendo, acostada en un camastro… libre, feliz. De repente empecé a sentir como se me aceleraba el corazón. Me sentía nerviosa y ansiosa.  Me acordé de todos esos viajes con mi familia y amigas, caminando a la hora que quería, durmiéndome a la hora que quería, haciendo lo que yo quería todo el tiempo… y sola. De pronto sentí como esa independencia, mi gran aliada, se esfumaba. Bajé la revista para ver el mar, ya no me podía concentrar en los chismes de moda que estaba leyendo.

Me iba a casar. Era mi viaje de despedida de la soltería. Iba a compartir toda mi vida con alguien más. (“And now I have to live with a boy” como dijo Monica Geller ) Parpadeé un par de veces para desempañar mi visión y vi con claridad la sonrisa de mi futuro esposo. Mi ritmo cardiaco regresaba lentamente a la normalidad. Sabia que con él no iba a perder mi libertad ni mi identidad, al contrario, él me iba a alentar para ser quien yo quisiera ser. Juntos íbamos a construir un caminito para recorrerlo durante nuestras vidas. (El también tuvo un panic attack de unos minutos a la mañana siguiente de darme el anillo de compromiso. Pienso que si no te da uno es que no te has dado cuenta del compromiso que implica un matrimonio).

El segundo fue en el verano del 2014 mientras recorría una avenida de Monterrey. Por el retrovisor podía ver a mis dos bebes y escuchar como uno me pedía a gritos que le ayudará porque se le había caído su juguete y el otro lloraba porque tenía hambre, o sueño, o pañal sucio. Esas dos personitas eran completamente mi responsabilidad, dependían al 100% de mi (y de su papá obviamente). Y para rematar, ¡ya manejaba una mamá van! ¿En qué momento? Panic Attack #2. Breath in, Breath out. ¿Qué se hace en estos casos? Pensaba. Sigue respirando… todo esta bien. Muy bien de hecho. Semáforo en rojo, juguete recogido. Dos minutos después, bebe recién nacido dormido. Gracias Baby Einstein Lullaby.

Hace unos meses me sentía en un ataque de pánico constante. Considerando la idea de quedarnos con dos hijos y nunca volver a tener un bebe. Dejando ir el sueño de tener 3 hijos, de ser la familia perfecta (para mi). Me surgió un miedo tremendo de reencontrarme con alguien que hace más de 5 años dejé en segunda o hasta última prioridad: yo.

Me ha dolido en el alma enfrentarme con esta realidad. Mi realidad.

Una realidad en la que me importan muchas cosas y en la que por mi personalidad (y otros varios factores importantes) no puedo hacer todo. Una realidad en la que me he sentido más vulnerable que nunca.

Me di cuenta que para alcanzar todo lo que quiero lograr en mi vida estoy mejor con dos hijos. (aunque a veces parece que tengo tres, estoy segura de que algunas me entiendan por qué).

Me da risa cuando la gente nos ve, especialmente en México, y me dicen: “Te falta la niña”. Con la mejor de las intenciones, sin duda. Y es que yo pensaba que así era… tienes niños y niñas y familias grandes porque de otra manera no es tan divertido, no es tan variado… Simplemente no es igual. Igual a lo que yo viví en mi casa, teniendo un hermano y una hermana.

Me ha tomado años entender que cada familia es un mundo. Que no me falta nada. No me debe nada la vida. Al contrario. Estoy en deuda y me dispongo a tener tiempo de dárselo. De tener tiempo para plantar semillas en las personas, de invertir tiempo en cambiar situaciones que no me agradan del mundo en el que vivimos para dejar esta sociedad un poquito mejor de cómo la encontré.

Me ha tomado meses darme cuenta de que yo soy la niña que me falta… que me falta ver crecer y madurar aun más, la niña que he visto caerse y levantarse miles de veces. Que yo soy la mujer que quiere seguir aprendiendo y enseñando, mejorando y amando.

Me doy cuenta que solo puedo con dos hijos cuando la planta favorita de mi casa se está secando.

Cuando pasan días en los que no tengo tiempo de ir a hacer ejercicio, por actividades de la escuela de mis hijos, y lo necesito.

Cuando en mi aniversario de 7 años de casada le regalé a mi esposo ir a un concierto de música y al acercarse la fecha se me olvidó comprar el boleto.

Cuando llevo mucho tiempo sin saber la cartelera de cine cuando me fascina ver películas e ir al teatro.

Me doy cuenta de que mi familia está completa cuando quiero ir a ver a mi hermana a Londres o pasar Navidad con la familia de mi hermano en Cartagena. Subirme a un avión y no disculparme todo el tiempo con los de enfrente por el ruido o las patadas.

Cuando tengo más de dos proyectos profesionales en el tintero que les urge (a ellos, y a mi) arrancar. Y es que he estado leyendo más de embarazos, bebés, alimentación, prematuros, disciplina, toddlers y temas relacionados en los últimos 6 años que materiales relativos a mi carrera.

Confirmo que así estamos muy bien cuando quiero tener uno o dos perros que cuidar y alimentar también. (Y limpiar y pasear y bañar…)

Estoy segura que tomamos la mejor decisión cuando pienso en el medio ambiente y en los pañales que necesitaría mi siguiente hij@ y como me gustaría usar los de tela pero no tendría suficiente tiempo de limpiarlos y mi casa sería un caos.

Estas razones, algunas ridículas y otras superficiales siguen siendo válidas, pues las pienso y las siento. Sin embargo de fondo, el trabajo interior esta hecho. El proceso ha sido doloroso, lo tengo que aceptar. Pero es mi realidad, la misma que me tiene emocionada por las etapas que siguen.

Recuerdo cuando una pareja de amigos yoguis fueron a conocer a mi hijo de pocos meses de nacido. El esposo comentaba lo contento que estaba por nosotros mientras yo notaba en su semblante matices de melancolía. “Que chingón por ustedes, yo no voy a trascender” dijo. Y rápidamente mi marido le contestó un poco molesto por lo que escuchó. “Puedes trascender de muchas maneras y ni siquiera tienes que hacer grandes cosas para  hacerlo… tener un hijo no es la única manera de hacerlo, si no es que es la más fácil.” Y yo creo que contesté algo así pero no me acuerdo porque llevaba muchas noches sin dormir. “Tu trasciendes plantando paz en el mundo… la siembras todos los días en el interior de tantas personas”. No se qué más hay que dejar tu granito de arena en tu entorno más cercano, eso es trascender.

Escribo y comparto estos sentimientos en mi blog porque quiero que los que lo lean sepan que sentirnos vulnerables esta bien. No somos menos mamás por tener uno o dos hijos en lugar de 3 ó 4. Por tener solo niños y no niñas, o al revés.  Nadie es menos ser humano por no tener hijos. No son menos mujeres las que deciden no tener hijos.

Somos quienes somos. Y el aceptarlo nos hace libres.

Y en mi caso, al escribirlo, más.

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Este link es de una platica TED TALK de Brené Brown. Para los que no la conocen todavía o no estén tan obsesionados con ella como yo, vale la pena. Se describe como una Researcher & Story Teller y su plática está en el Top 5 del mundo con más de 7 millones de views.

The power of vulnerability | Brené Brown

Esta muy interesante. Me platicó una amiga de ella en el momento que más lo necesitaba. Y es que en nuestra vulnerabilidad están muchas respuestas que buscamos pero no hemos sabido (o querido) encontrar.

Algunos libros de Brené Brown:

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“Papá, ¿qué hay arriba del cielo?”

A sus 2 años y medio mi hijo Ricardo preguntó un día mientras íbamos en el carro.

“Papá, ¿qué hay arriba del cielo?”

Su papá le contestó: “El universo, los planetas……” mientras yo automáticamente pensé en Dios. Esta discrepancia entre mi esposo y yo se hizo más evidente el año pasado, cuando en abril del 2016 mis hijos perdieron a su abuelita materna y seis meses después a su abuelo paterno.

Pero realmente No los perdieron, No están descansando, simplemente murieron.

A los niños hay que decirles siempre la verdad, no disfrazada y sin tanto adorno. El lenguaje les facilita, al igual que las experiencias, interiorizar y entender el mundo a su alrededor. Por eso cuando les explicamos algo, de cualquier tema, y sobre todo un suceso tan doloroso, misterioso e irreparable como la muerte de un ser querido, es importante hacerlo bien.

Me hubiera gustado haber visto alguno de estos videos/libros que voy a recomendar antes de explicarle a mis hijos la muerte de mi mamá. Pero me ganó la nostalgia, la esperanza y mis creencias.

Busqué por meses las maneras de prepararme yo para cuando mi mamá faltara (otra vez evitando la palabra: muriera) que no le di mucha importancia a lo que mis hijos iban a sentir porque desde mi punto de vista, en ese momento estaban muy pequeños. Creía que un niño de 3 años y otro de 1, no iban a entender de todos modos lo que les explicáramos. Y bien que me equivoqué. Entender es una cosa y percibir otra, y esta última esta siempre presente.

“Mamá, ¿y Yaya?” me preguntaron mis hijos a la mañana siguiente de que falleció su abuela. “Yaya se fue al cielo mi amor” les dije abrazándolos.

¿Pero cómo? ¿En avión? ¿Volando?

Y ahí ya no sabes si seguir llorando o sonreír por la ingenuidad de un niño y la ambigüedad de tu respuesta.

A pesar de que mi marido y yo tenemos diferentes formas de interpretar la muerte, nos hemos comunicado (peleado y contentado) y trabajado (introspecciones fuertes de nuestras creencias y formación desde la infancia) como pareja para poderles exponer a nuestros hijos una manera clara, sencilla y sobre todo unificada de lo que significa morir.

Aquí comparto 5 materiales que nos han servido a lo largo de este proceso (Gracias a nuestros amigos y familiares que nos los han regalado y compartido. Los queremos mucho.)

Los elegí, principalmente, porque ninguno esta ligado a creencias religiosas en particular y porque cada uno responde a preguntas que hemos experimentado como familia en las diferentes etapas de un duelo.

  1. ¿Qué decirle a nuestros hijos?

Introducing the concept of death to a young child.

http://bit.ly/2myGMkb

Este video me llegó en un newsletter semanal de Dr. Laura Markham a quién sigo hace unos años (Twitter: @DrLauraMarkham). Ella es autora del libro Peaceful Parent, Happy Kids, y fundadora de Aha! Parenting (http://www.ahaparenting.com/). Es psicóloga clínica y mamá.

En esta ocasión la entrevistaron de Parenting Junkie (www.theparentingjunkie.com). Hacen co-producciones que disfruto ver porque presentan cada situación como juego de roles con actitudes y dudas de los niños en la vida real.

Me gustó mucho porque la mamá en el video explica la muerte con ese aire de naturalidad que a algunos, como a mí, nos toma más esfuerzo darle. Aplica el tema en situaciones con las que nos podemos topar en el día a día sin que sea la muerte un tema personal o aplicable solo para el 2 de Noviembre, el día que honramos a los difuntos en México.

  1. ¿Qué podemos sentir?

Nos ponemos tristes cuando alguien muere

Este libro narra los sentimientos por los que pasamos en un duelo, pero enfocado a los niños, en su lenguaje y con la claridad necesaria. ¡Que importante es validar por lo que los niños pasan en esa etapa! Al leerlo mis hijos y sobrinos se han sentido identificados y comprendidos.

 

  1. ¿Cómo puedo seguir conectado a mi ser querido?

The Invisible String

 

Este es un libro que describe cómo todos estamos conectados con las personas que queremos. Vivos o muertos, el hilo invisible va de corazón a corazón. El mensaje es muy claro, memorable y sobre todo reconfortante para niños y adultos.

  1. ¿Cómo lidiar con la muerte?

Dealing with Death

Artículo y video de Fred Rogers

http://www.fredrogers.org/parents/special-challenges/death.php

Como comunicóloga, siempre me pareció admirable la carrera de Fred Rogers. De hecho si tus hijos han visto la caricatura de Daniel Tiger’s Neighborhood, ya conoces un poco de este personaje porque esta inspirada en una serie de él: Mister Rogers’ Neighborhood.

Si vas a ver el video, prepárate porque esta muy oldie, narra la anécdota de cuando murió el perro de Fred cuando el era niño. El recuerda como se sentía, lo que hacía, lo que hicieron sus papás y abuelos para hacerlo sentir bien etc. El artículo tiene tips muy prácticos del vocabulario que usar, el funeral etc. Sin embargo lo que más me gusta es como nos recuerda a los papás que vamos a tener más oportunidades de hablar del tema con nuestros hijos, que siempre surgirán más preguntas y podemos ayudarles a lo largo de los años a definir lo que la muerte significa para ellos.

5.¿Cómo es el ciclo de la vida?

The Fall of Freddie the Leaf

Narración del libro en video:

Este video me lo compartió una tía de mi esposo. Ella es directora de un Colegio Montessori en Toronto, Canadá desde hace muchos años.

La fábula es considerada un clásico, se publicó en 1982 por primera vez. Lo recomiendo para niños de 5-6 años en adelante, sin embargo en mi opinión, la lectura e imágenes no es muy entretenida para ellos…yo lo que he hecho es platicárselos cuando les surgen dudas de la muerte, especialmente a Ricardo de 5 años.

La historia de Freddie the Leaf es una manera hermosa de poner en perspectiva como todos los seres vivos, plantas, árboles, animales, seres humanos vamos a vivir y morir y cómo podemos disfrutar y cumplir nuestra misión en el camino.

(Nada ni nadie es perfecto. Así es que de cada uno de los materiales que recomiendo tengo mis observaciones, palabras o situaciones que cambiaría etc. Pero son cuestiones personales que no vale la pena mencionar porque creo que cuando alguno de ustedes tenga la necesidad de recurrir a ellos, pueden tomar la decisión de hacer esas modificaciones en su mente para su propia paz o si es el caso, para el criterio de sus hijos. )

La semana pasada vimos la película de Disney/Pixar “Coco” y me preguntó Ricardo ayer, “Mamá, tu crees que lo que pasa en la película de Coco es lo que pasa cuando nos morimos?” “No lo sé Ricardo” respondí, con temor a parecer ignorante delante de mi hijo, “nadie sabemos qué pasa cuando morimos…”. Y gracias a una película excelentemente bien hecha y con un mensaje afín al de nuestra familia, tuve una platica con el sobre la ausencia en este plano terrenal de nuestros seres queridos y sobre cómo nos gustaría ser recordados. Tal vez no la versión correcta o anhelada por muchos, pero nuestra versión: Mazal Priego y para ellos hoy es suficiente.

Los niños todavía están muy pequeños para creer en algo firmemente. Ellos creen en lo que las personas en las que más confían les dicen. Nosotros como sus padres debemos de guiarlos a formar su propio criterio conforme vayan madurando.

En mi experiencia, en lo que más me he esforzado y a la vez lo que ha tenido mejores beneficios con mis hijos es hablar de la muerte con naturalidad (aunque se me llenen los ojos de lagrimas cada vez). Es sumamente importante que nuestros hijos nos vean tristes o vulnerables cuando nos sintamos así. Me costó trabajo entenderlo pero es efectivo; si ellos ven cómo estamos emocionalmente y lo expresamos abiertamente les da más tranquilidad que si lo escondemos, porque de todos modos lo perciben. El impacto de esto a largo plazo es inmenso porque estas acciones les ayudarán en un futuro a saber que esta bien demostrar sus sentimientos con sus papás y que la familia es un espacio de dialogo, aceptación y confianza.

Cuando nos pasó, Alejandro y yo no sabíamos exactamente qué decirles o qué no decirles a nuestros hijos de la muerte de sus abuelos. Seguimos nuestros instintos y resultó que los dos teníamos instintos diferentes.

Hoy Ricardo de 5 años y Jacobo de 3 años nos preguntan con frecuencia por sus abuelos. Los recuerdan y entienden que ya no están, que murieron, que no los pueden ver, escuchar o tocar, pero sí sentir y recordar con mucho amor. Y que ese amor dura por siempre.

La tía Cuqui me regaló esta tarjeta hecha a mano por ella y es muy especial para mi. En cuquisart.love puedes ver más de su proyecto en Portland.
Crédito Foto: Laura Mazal
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No tengo prisa

No tengo prisa por dormir a mis hijos a las 8 de la noche en punto.

No tengo prisa porque aprendan a dormirse solos.

No tengo prisa porque se duerman la noche completa en su cama (y no lleguen a las 5:30 am a la mía para acurrucarse con sus papás una hora).

No me acelero para que aprendan a hablar un tercer idioma o que sean el mejor de la clase de tennis y fútbol.

No tengo prisa por recoger juntos los juguetes, por milésima vez en el día.

No me apresuro por llevarlos a Disney, otra vez.

No me desvivo por llegar rápido a bañarlos cuando se llenan de arena hasta adentro de las orejas o porque aprendan a comer sin subir los codos en la mesa.

Tampoco me acelero por regresar a trabajar tiempo completo. Aunque el trabajo es siempre parte de mi vida, (por mi, para mi familia y por poner mi grano de arena en este mundo) hoy tengo la enorme fortuna de poder optar.

Y aunque a veces su papá me presiona porque logremos objetivos como familia  para poder descansar mejor o cenar los dos más temprano… lo entiendo y me esfuerzo para lograrlos, pero cuando no sucede… algo en mi interior me recuerda: no hay prisa.

No quiero ser victima del tiempo y culparlo después por ir muy rápido.

El tiempo pasa, y esta en mí decidir cómo lo quiero aprovechar.

Quiero aprovechar que mis hijos tienen 4 y 2 años para jugar en el piso y rodar en la montaña de pasto. (aunque la semana pasada que lo hice me mareé mucho, no me acordaba que feo se sentía)

Quiero estar presionada porque vean y toquen a los animales, los respeten y quieran. Aunque a veces se los coman.

Porque las galletas de peanut butter por fin nos salgan crujientes y no tan aguaditas.

Porque el campo de obstáculos en el que se convierte la sala de tele sea cada fin de semana más complicado y retador.

Quiero que aprendan a decir hola y adiós a sus amigos, tíos y maestros y que entiendan que pedir disculpas, aunque a veces no les salga tan natural inmediatamente, de todos modos es lo correcto por hacer.

Tengo prisa porque sean empáticos y tolerantes, porque se conozcan ellos mismos más allá de que no les gusta el kiwi o el aguacate. (no entiendo como a alguien no le puede gustar el aguacate… “No me gusta el cacahuate” me dice Jacobo cuando descubre que se lo agregué escondido a algún taco o pan)

Me apura que desde chicos asimilen que no todo gira alrededor de ellos mismos. Que sepan que van a tener que ir a muchos lugares que tal vez no son sus favoritos, hacer cosas aunque les de flojera, no tengan tantas ganas o no sea su actividad preferida etc. (Estoy segura que su futura pareja me lo va a agradecer.)

Estoy presionada porque valoren la naturaleza, lo que nos da, y sobre todo que entiendan que lo que se cosecha en la vida, tiene que ver directamente con lo que se siembra.

No tengo prisa pero nunca descanso.

Sé que el tiempo y esfuerzo que le invierta hoy a mis hijos va a redituar con creces en el futuro. Si no me apuro no quiere decir que me importa un comino educar, al contrario, solo pienso que es más importante antes conectar.

No me acelero, porque así como ayer les quite el banquito en el que se paraban para lavarse los dientes, el día de mañana les voy a quitar su barandal de la cama, su silla en el carro, sus vasos de paw patrol y su osito para dormir. Y de ahí, pa’l real.

Por mi esta bien que el tiempo pase, porque aquí estoy viviéndolo, y no huyéndole o presionándolo.

Tal vez estoy mal, pero me siento tan tranquila de no tener prisa. De vivir las etapas que estamos viviendo con plenitud para en un futuro sentir melancolía del tiempo que pasó, pero no tener ese hueco en el estomago de que se fue tan rápido. No ha sido fácil, me esfuerzo todos los días para no desbalancearme descuidando otros aspectos muy importantes, sobre todo a mí y el tiempo de calidad con mi esposo.

Mi miedo más grande es arrepentirme. Arrepentirme de no hacer algo o de hacerlo mal. No me quiero arrepentir de no vivir al máximo con mis hijos estos años que jamás regresan. Esta inocencia que se pierde con las experiencias. Estos abrazos que con el tiempo se volverán menos espontáneos. Hasta esta rebeldía que, aunque difícil de manejar, me empieza a dar pistas de cómo comunicarme con ellos cuando sean adolescentes.

Tal vez es el miedo que guía esta tranquilidad, pero sí es así, bendito miedo por ayudarme a no tener prisa.

 

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Mamá con síndrome de ignorancia

Una mañana de verano en un lugar de juegos infantiles llego Ricardo llorando hacia mí, me decía que había una niña que le pegaba y le daba miedo. Lo calme y le pregunte, ¿qué hace la niña? “No me deja pasar y me quiere pegar con un globo” respondió nervioso.

Ricardo es mi hijo mayor, tenia casi 4 años cuando esto sucedió y lo recuerda con claridad. Retiene en su memoria aquella visita al lugar de fiestas en el que había una niña que lo asustaba y no lo dejaba tirarse por la resbaladilla. No voy a endulzar lo que un niño de esa edad dice o piensa y tampoco voy a maquillar mi falta de conocimiento para manejar el tema. Tal cual sucedió la historia se las voy a contar.

Continué diciendo que no se preocupara y que le dijera “con permiso” a la niña para poder resbalarse. Se fue poco convencido y lo observé mientras escalaba por el juego hasta llegar a ella. Al acercarme más veo, por sus rasgos físicos, que se trata de una niña con síndrome de Down. Tenía un globo en la mano y lo agitaba emocionada. No era nada personal contra Ricardo pero a el volvió a sorprenderle y me decía que la niña no le hacía caso y no podía entender lo que ella le decía.

En ese momento recordé vagamente que cuando llegamos y lo lleve al baño, escuché a una abuela platicar con su nieta (de 5 años más o menos). Le decía “no tiene malas intenciones, solo esta enfermita”.

Rápidamente empecé a acomodar las frases en mi mente para explicarle a mi hijo que la niña tenía síndrome de Down, cuando me di cuenta que no me salían las palabras. Las pensaba pero las debatía en mi cerebro y no pasaban el filtro de lo que quería que mi hijo tuviera como referencia de las personas con síndrome de Down.

Es una niña que tiene una enfermedad… Obviamente no… Porque no es una enfermedad y menos me gustaría que piense que están enfermas.

Es una niña como tú pero no piensa como tú… ¿Por qué no? Claro que pueden pensar igual, la inteligencia no siempre es alterada y existen diferentes grados, en general deficiencia mental ligera a moderada.

“Es una niña muy especial, ella solo quiere hacer amigos”, le dije. Pero tampoco me convencía… Intentaba y no podía explicarle a mi hijo una realidad del día a día. La realidad que vivimos en la que todos somos diferentes, cada quien tenemos distintas cualidades y habilidades, que la lucha en la vida es constante y para unos es desde que nacen. Una realidad en la que la niña que quería jugar en el salón de fiestas no podía hablar con las palabras que el esta acostumbrado a escuchar, pero que se estaba expresando a su manera y quería jugar con el.

“No te asustes… Tu sonríele y si quieres juega con ella” enfaticé queriéndome sentir un poco mejor de mis respuestas, pero a la vez sintiéndome muy ignorante. Quería congelar el momento. Ir a leer un libro completo de cómo hablar a los niños del síndrome de Down y regresar y platicar con Ricardo al respecto.

Mi hermana estaba conmigo y compartió sus conocimientos con mis tres sobrinos de 10, 8 y casi 5 años. “Es un trastorno genético en el cual una persona tiene 47 cromosomas en lugar de 46, el cromosoma extra causa algunos problemas en el desarrollo del cuerpo y cerebro de las personas…” les platicaba pacientemente. Con la racionalidad de un científico les explicaba a sus hijos quienes le preguntaban más sobre el tema mientras recordaban algunas experiencias, aunque escazas, en las que habían convivido con compañeros que tenían síndrome de Down.

En mi caso, no le podía hablar a Ricardo de cromosomas, ni quería. Quería hablarle de ella, de cómo se llamaba, quién era. ¡No sabía qué hacer! Me sentí ignorante y una madre poco consciente.

Realmente no quería decirle a mi hijo algo que no se le olvidará nunca. Las primeras veces que te explican algo nuevo no se te olvida nunca. Al menos a mi, desde chica he sido muy preguntona y las respuestas me marcaban por siempre. Es mucha responsabilidad ser mamá, sobre todo mientras los niños no tienen un criterio formado, y en esos pequeños momentos lo reafirmo.

En ese instante pensé en Celina y Gustavito, una amiga y su hijo con síndrome de Down y con quién Ricardo convivió algunas veces durante su primer año de vida. Y me pregunté ¿Cómo le gustaría a Celina que habláramos de Gus? Sin términos genéticos ni estadísticos. Detrás de esa sonrisa, en esencia, . ¿Cómo es Gus?

Y he aquí su respuesta:

Me encanta que me pregunten acerca de mi hijo y del síndrome de Down. Gustavo mi hijo tiene cuatro años, y para ser honesta, yo a veces tampoco sé qué decir ni cómo explicar el síndrome de Down a los demás.

De lo que sí estoy 100% segura es de que me fascina cómo son los niños de naturales e inquisitivos, como Ricardo, tus sobrinos, y por supuesto que como lo es Gustavo también.

Recuerdo una de las primeras piñatas que fui con Gustavito. Él estaba jugando junto a una niña güera de ojos azules. Ella se le quedaba viendo hasta que me preguntó, “Oye, ¿por qué saca la lengua?” y “¿Por qué tiene los ojos estirados?”

Y yo le dije, “Todos somos diferentes. Tú tienes los ojos azules, yo cafés y Gustavito los tiene estirados. Como en forma de almendra. Pero también Gus se parece a ti, mira, les gusta jugar en los mismos juegos”.

La niña se fue feliz y siguió jugando. Y yo con el nudo en la garganta.

Por un lado, quería pensar que los demás niños no veían las diferencias, que eso era sólo cosas de adultos. Pero por otro lado, sabía que la niña había hecho una simple observación y me alegraba mucho saber que no le había dado importancia y eso no había impedido que quisieran jugar con él.

Desde esa ocasión utilizo la frase “Somos más similares que diferentes” cuando trato de explicarle el síndrome de Down a los niños.

Es decir, les explico que:
1. Todos somos diferentes. Algunos niños pelo chino, otros liso, algunos son altos, otros son chaparros, unos niños usan lentes, otros no. Así tanto la niña del parque como Gustavito tienen ciertas características físicas que son diferentes a las de Ricardo.

2. También todos somos similares. Ya seas un niño de pelo chino, con o sin lentes, o con o sin síndrome Down. Por ejemplo, podríamos explicar que a Gustavito le gusta jugar con sus papás, comerse un helado, o ver su caricatura favorita, justo como a Ricardo también le encanta.

3. Finalmente le diría que Gustavo tiene algo que se llama síndrome de Down. No es contagioso ni tampoco es una enfermedad y lo tiene desde que nació. A veces va a necesitar ayuda y como amiguitos, podemos ayudarnos unos a los otros. Gustavito se tarda más en hacer ciertas cosas y batalla en hablar, pero esto no le impide jugar ni divertirse, como todos los niños.

Cuando alguien se acerca a preguntarme sobre Gus, ya sea un niño súper directo con su inocente naturaleza o un adulto, me alegra y me llena de esperanza. Agradezco que haya gente que quiera saber más y acercarse sin temor.

Al final del día, no pasa nada si al explicarle a nuestros hijos sobre el síndrome de Down cometemos errores. Lo importante es nuestro lenguaje corporal y nuestras acciones donde la intención de una verdadera empatía se nota.

Cuando los niños ven que tratamos a las personas con síndrome de Down como una persona más, con el mismo amor y dignidad que se merecen todos los seres humanos, ellos también lo internalizan y actúan igual, siguiendo nuestro ejemplo.”

Muchas Gracias Celina por tus palabras, y sobre todo por tu ejemplo de mujer y madre de familia.

Hoy, 21 de marzo, es el día mundial del Síndrome de Down y los invito a no ser mamás o papás con síndrome de ignorancia. Hay que informarnos y sobre todo sensibilizarnos nosotros para poder transmitir esa empatía y amor al prójimo a nuestros hijos.

Por mi parte, leer a Celina me tranquilizó sobre ese día en que conocimos a una niña con síndrome de Down, no le falle a mi hijo ni a las familias con hijos de síndrome de Down por no decirle las palabras idóneas en ese momento a Ricardo. No debemos olvidar que las palabras se graban en la mente, pero las acciones y el ejemplo arrastra.

Gus y Ricardo de 1 año recién cumplido.
Gus y Ricardo
Octubre 2013.
Recuerdo que a Gus le encantaba ir rapido en el columpio y por más que trate de tomar una foto que no saliera borrosa, me fue imposible con tanto movimiento.
Gustavo una tarde de parque.

Para quienes nos gustaría leer más sobre el tema, Celina recomienda los siguientes libros:
My friend Isabelle de Eliza Woloson
We’ll Paint The Octopus Red de Stephanie Stuve- Bodeen

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No tengo hijas

No tengo una hija, pero si tuviera…

Le enseñaría que es muy bueno liderar, pero primero hay que ser líderes de nuestra propia vida.

Que las lagrimas son muestra de sensibilidad y no debe confundirlas con debilidad.

Que reír no solo es terapéutico, también es ejercicio.

Empujaría su inteligencia al máximo, su potencial para imaginar y crear.

Le aclararía que a pesar de las diferencias entre hombres y mujeres, nuestros derechos siempre deben ser iguales.

Le recomendaría que de cada cosa que vea, escuche o lea, analice cómo se siente después, siempre reflexionando más allá de sus emociones. PENSANDO en qué le agradó o disgustó… qué hubiera hecho ella diferente. Ayudándole así a formar un criterio sólido y autentico.

Le enseñaría que no hay limites para soñar, ni etiquetas para juzgar.

Hablaría con ella, cuando sea oportuno, de sexualidad. Y a mi juicio no dudaría en expresarle que es posible que a las mujeres les guste las mujeres y a los hombres les guste los hombres.

Si tuviera una hija, le transmitiría mi experiencia: que las amistades no se miden por el número de chats que tienes o a cuántas fiestas te invitan, las verdaderas amistades se descubren en determinados momentos en la vida y estos no son momentos de gloria ni de gran celebración.

Predicaría, con el ejemplo, que el maquillaje es para realzar más que para ocultar, aplicando la conocida frase de nada con exceso todo con medida.

No limitaría (con excepciones) su manera de vestir. Aconsejaría con mesura sobre cómo expresarse de manera apropiada a través de su vestimenta. Claro que esto pasando la etapa de vestirse de princesa o super héroe hasta para ir al cine. Contra eso, nada.

Si tuviera una hija, no la alejaría del dolor, acompañándola en su sufrimiento, la prepararía para lidiar con el y eventualmente poder superarlo.

Le aseguraría que Dios existe, y que no solo esta fuera de ella, lo encuentra dentro de su corazón. Dios es fortaleza, armonía y amor infinito.

Le enseñaría a rezar, a dialogar con El todos los días. Pero sobre todo, a dar gracias. Ser agradecida por todo lo que tiene y pedir por los intereses propios y colectivos.

Si tuviera una hija asumiría la grandísima responsabilidad de educarla, recordando que educar a una mujer es educar a una familia entera y por ende a la comunidad.

Si tuviera una hija, le compartiría que entre las mayores satisfacciones de su vida siempre estarán ser ella misma, tener buenas amigas y dormir con la conciencia tranquila.

Feliz día de la mujer.

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mom vs dad

Life is not fair
We do not have fishing trips twice a year
Or Sunday football games
Or get from work and have a veggie laying moment in the couch

Sometimes I get so jealous
I have not woken up past 6:30 am for more than 4 years ago.
I hate feeling this inequality sometimes
For us, work never ends
Sleep is not a commodity

It is true
Life is not fair
Men will never feel their child doing yoga inside of them, or kick boxing… it depends.
Men will never be able to create miracle fluids to feed them
And as lame and feminist as it sounds
Dads will never be moms.

As you may gather, I was a bit angry when I wrote this a couple of months ago. Maybe not really angry, but tired (“toddler mom tired” which I am sure many of you can relate). At the moment I was upset with my husband (he probably didn’t even know), I just vented about it and immediately felt better. I realized through the words I was writing how different mothers and fathers are and the way we are built up for parenting. It should never be a competition; it is teamwork what we should embrace and work on to raise kind, happy, strong and healthy children (emotionally and physically).

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