En Privado Por Favor

Desde hace unas semanas me han preguntado por qué ya no he escrito nada en anabeat.com. En el fondo sabía que quería hacerlo pero no le estaba destinando tiempo por estar trabajando en otro proyecto, sin embargo ese interes de amigos era justo el empujonsito que necesitaba.

También, para ser honesta, me daba ese sentimiento de cuando dejas de hacer algo por un rato, siempre te dan esos nervios de volver a empezar. La cuestión no era que no había escrito, porque cuando revisé en mi celular tenía 78 notas con ideas y temas por desarrollar que he ido redactando desde julio.

Empecé a escribir partiendo de algunas de esas notas y escogí dos para publicar hoy (En privado por favor y I don’t own anything). Ambas coinciden en un tema que creía que por mi edad o madurez no me afectaba directamente, pero como siempre, al escribir me conozco más y me di cuenta que sí. Nadie estamos exentos.

En Privado Por Favor

Antes valorábamos la privacidad. Era importante. Necesaria.
La intimidad con alguien, los mensajes de amor o muestras de cariño eran especiales. Y cómo la palabra lo dice: Íntimos.

No todos se enteraban cuando un pretendiente te dejaba una flor en el parabrisas de tu carro y mucho menos de unas palabras de felicitación por un aniversario.

Recuerdo todavía cuando algunos tatuajes se tenían que enseñar solamente a personas de mucha confianza por estar en partes del cuerpo menos vistas, pero hoy el pudor es más fácil disimular en la solitud frente a una cámara.

Vivimos en una época en la que todo lo que hacemos es público, y cuando no, simplemente no es. No fuimos. No lo hicimos. Not been there, haven’t done that. FOMO total!

Y nos lo creemos.
Validamos nuestras acciones a través de los likes que nos otorgan los demás.
Por medio de éstos medimos nuestras emociones o establecemos los parámetros de lo normal.

Las cartas de amor no son tan tiernas si no se profesan abiertamente en Facebook. Como si hacer público un mensaje o subir una foto/video legitimara lo que sentimos por alguien.

Los eventos o fechas importantes no fueron celebradas si no lo compartimos en las redes sociales. Porque si fuimos a un concierto lo queremos mostrar y si estamos de vacaciones en lugar de solo disfrutar también lo queremos publicar.

Un maratón no fue corrido si no lo difundimos en Instagram. Porque hay momentos que vale la pena recordar y esfuerzos que recompensar.

Casi casi que nuestros hijos no cumplieron años si no se sube su fiesta a Instastories.

Lo analizo a detalle porque lo vivo en mi vida diaria. Estuve exenta muchos años de esto y lo veía como algo que yo nunca haría, pero recientemente caí en el clásico: Más rápido cae un hablador que un cojo. O en honor a mi marido. Un pez por la boca muere. (aunque él solo practica pesca de catch and release).

“Yo nunca lo haría” pensaba e incluso lo mencioné algunas veces ¿Cuál es la necesidad? Y terminé haciéndolo. Escribiéndole un mensaje breve a mi marido en Instagram de nuestro octavo aniversario de bodas. ¿Por queeeeee? ¿Para qué? Si vivo con él. Se lo pude haber dicho o haberle dejado una nota en el buró de nuestra cama. No le he preguntado si le hubiera gustado más en privado mi recadito, el punto es que ya no importa. Ya lo sabe él y cientos de personas más.

No sé qué es, pero aunque trato de vivir sin que eso me importe, me da un grado leve de ansiedad (porque no se me ocurre otra manera de describirlo) no publicar una foto con mis hijos en el día de las madres o de mi familia disfrazada en Halloween. No tomo las fotos pensando en eso y mucho menos determina mis decisiones en cuestión de qué ponerme o a dónde ir, pero las ganas de publicar algo al final de esos días están presentes.

Me cuestiono que hay detrás de ese sentimiento. ¿Sentido de pertenecer, de estar vigente o simplemente el placer de compartir un pedacito (bien escogido y curado generalmente) de nuestra vida con quienes nos relacionamos en nuestra cotidianidad; muchos de ellos lejos y con ganas de estar cerca.

Sé que los tiempos han cambiado. Nuestra generación ha sido parte de una gran evolución en tecnología y comunicación. He visto, cada vez más, como nuestros mensajes, además de públicos se hacen más cortos y menos elocuentes, pues ya hay emojis que nos resuelven rápidamente nuestra capacidad o incapacidad de expresarnos con palabras. Todos los medios de información pretenden ser más rápidos y digeribles.

Recientemente fui a una plática de la Dra. Madeline Levine y platicaba como en treinta años de su experiencia como psicóloga ha observado como la innovación ha causado muchísimo estrés innecesario en los niños, tanto académico como emocional, y comentaba que ya están considerando nombrar un síndrome de ansiedad causado exclusivamente por Facebook. No me sorprende nada saber que a nuestros hijos les impactará aún más el avance tecnológico que a nosotros en la juventud, por lo que aumenta nuestra responsabilidad como padres en estar alertas con nuestros hijos y empezar con nosotros mismos a ser más coherentes en lo que creemos con el uso de las redes sociales, predicando con el ejemplo.

Como una persona apasionada de la comunicación en todos sentidos y las conexiones interpersonales me regocija saber que alguna vez tuve el placer de llegar a mi casa, abrir la mochila y desdoblar una hoja 4 veces para leer un mensaje de alguien especial. Simplemente esperar con ansias llegar a mi casa para prender la computadora y leer un e-mail esperado. Para mí y nadie más.

Sin público. En privado, por favor.

¿Soy yo o esto todavía tiene algo de mágico?

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